sábado, 20 de febrero de 2010

En octubre hay milagros

Cuando mi madre se enteró que me esperaba, se asombro tanto que sintió miedo de perderme. Pues antes, por cosas que uno a veces no llega a comprender, un bebe estuvo en camino, pero no nació. Ella, desde el primer momento supo que sería niña, y me llamaba "bebe", me albergó en su vientre soñando con el momento en que me tendría en sus brazos.

Unas semanas antes de cumplir los nueve meses, mis padres fueron a realizarse el cotidiano chequeo médico. Una vez en la clínica el doctor les daría una noticia alarmante. No se escuchaban los latidos del bebe, al parecer se habría enredado con el cordón umbilical. La solución era internarse de inmediato e inducir el parto.

Gladis se interno una mañana de jueves, luego de darle un beso de tranquilidad a su primogénito. El médico y su equipo inducieron el alumbramiento con prudencia.  A las tres de la tarde de un siete de octubre, se escucho un llanto. "Es una niña", señaló el ginecologo, a lo que mi madre respondió: "Ya lo sabía". Me entregaron en sus brazos, y lo primero que hizo fue revisarme. El miedo que dejó un aborto no deseado aún vivía en ella. Al corroborar que estaba bien, sonrió y me abrazó.

Nací en un mes de milagros, un mes dedicado a oraciones y plegarias. Mi madre ya había decidido mi nombre, pero no dudo en acompañarlo por un segundo. Me llamó Yessica Milagros, y siguiendo la tradición de mi abuela, me consagró al Cristo Morado.

No tardaron en presentarme a la familia, tíos, tías, abuelos y al pequeño Giovanni, mi hermano. Aquella criatura que en algún momento creyó que pasaría a un segundo plano, y como revancha no dudo en meter su cabeza en mi cuna con el único objetivo de incarme el ojo. Pobrecito, su cabeza quedo atascada entre los barrotes, que tuvieron que desarmarla.

Así fue mi nacimiento entre temores, esperanzas, milagros y pequeñas travesuras. Pero sobre todo, bendiciones de El Creador.

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